El Boletín de Prensa de la Santa Sede informó hoy 22 de Enero que León XIV Riggitano-Prévost recibió en audiencia al cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, a quien autorizó los decretos para las causas siguientes:
- El milagro atribuido a Sor María Ignacia (nacida Ángela Catalina) Isacchi Sigolli († 1934), fundadora de las Hermanas Ursulinas del Sagrado Corazón de Asola.
- El martirio del sacerdote-presbítero fray Augusto Rafael Ramírez Monasterio OFM († 1983), asesinado por la policía especial de Guatemala durante la Guerra Civil.
Y las virtudes heroicas de:
- Sor María Tecla (en el siglo Tecla Antonia Emigdia) Relucenti Bicondini († 1769), cofundadora de las Pías Operarias de la Inmaculada Concepción junto al obispo Francesco Antonio Marcucci Gigli.
- Sor Crucificada (nacida María Antonieta Teresa) Militerni Giordanelli († 1925), religiosa de las Hermanas de San Juan Bautista.
- Sor María Inmaculada de la Santísima Trinidad (en el siglo María Giselda Villela Campos) OCD († 1988), fundadora de los carmelos de la Sagrada Familia en Pozo Alegre (Minas Generales) y de San José en Sal Salvador de Campos de los Goitacaces (Río de Janeiro).
- Nerino Cobianchi Piva († 1998), laico y padre de familia italiano.
Tres de estas causas son de personas que crecieron católicas pero murieron en la Iglesia Conciliar, con todo lo que ello conlleva. Y el caso de Augusto Rafael Ramírez Monasterio (arriba) es más que debatible porque se le ha presentado como “mártir de la confesión” al negarse a revelar a las fuerzas de seguridad cuanto le confesara Fidel Coroy (un campesino maya cachiquel catequista y miembro del Comité de Unidad Campesina y de la guerrilla guevarista del Ejército Guerrillero de los Pobres) que buscaba acogerse a la amnistía decretada por el dictador Efraín Ríos Montt, cuando ya en 1983 se cumplieron diez años que Pablo VI Montini alteró el sacramento sustituyéndolo con el protestantizado y no sacramental “Rito de Reconciliación”. Y de ser cierto el relato de que salió huyendo (aunque en vano) de sus asesinos por la avenida Santa Elena de Ciudad de Guatemala gritando «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Me quieren matar!», se deduce a las claras que no había el ánimus martýrii (ofrecerse al martirio, aunque la muerte no tenga lugar por los tormentos) que configura la gloria del martirio según el angélico Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica, parte II-IIæ, cuestión 124, art. 3.º, respuesta a la objeción 3.ª).

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