domingo, 7 de agosto de 2022

BEATOS AGATÁNGELO Y CASIANO, MÁRTIRES CAPUCHINOS DE ETIOPÍA

«Señor, tú alegras mi mente de alegría espiritual. Cómo es glorioso tu cáliz que supera todos los placeres probados anteriormente» (San Agustín).
   
  
El fundador y primer director de las misiones capuchinas de Levante, en el siglo XVII, fue el P. José de París (José Leclerc du Tremblay), llamado «La Eminencia Gris», por la influencia que ejerció sobre el cardenal Richelieu y el rey Luis XIII. A principios de 1629, cinco capuchinos desembarcaron en Alejandreta; uno de ellos era el P. Agatángelo de Vendóme (en el siglo Francisco Noury), nacido el 31 de julio de 1598 del Presidente del Tribunal Electoral y animador del comité de recaudación de fondos para la construcción del convento capuchino Francisco Noury y Margarita Bégon. En 1625, recibió la ordenación sacerdotal y se entregó celosamente a la predicación en su región natal, hasta que recibió la orden de partir a Siria. En Alepo, donde había llegado el 29 de abril de 1629, ejerció el ministerio sacerdotal entre los comerciantes franceses e italianos, en tanto que aprendía el árabe. Pronto llegó a dominar esa lengua lo suficiente para predicar en ella. Con obras de beneficencia, encuentros familiares y catequesis elemental, consiguió buenos resultados entre los musulmanes y los cismáticos (convirtió a varios sirios, armenios e incluso a un obispo melquita), y así consiguió ganarse la benevolencia de personajes tan importantes como el imam de la principal mezquita y el jefe de los derviches, pero también la envidia de los maronitas. A pesar de la prohibición de la Congregación de Propaganda Fide de predicar públicamente el Evangelio a los mahometanos, el P. Agatángelo explicaba a los turcos las verdades de la fe. Lo único que pretendía era crear un clima de tolerancia e interés por el cristianismo, ya que era un misionero demasiado inteligente para tratar de obtener, por el momento, resultados más positivos. 
   
En 1630 se fundó en El Cairo una misión capuchina. Como no prosperase, el P. Agatángelo fue enviado allá en 1633 para encargarse de la dirección. En El Cairo se reunieron con él otros tres misioneros venidos de Marsella. Uno de ellos era el Padre Casiano de Nantes (en el siglo Gonzalo Vaz López Netto, nacido el 14 de enero de 1607 de Juan López‐Netto y Guida de Almeras, mercaderes portugueses). Pronto se convirtió éste en el brazo derecho del P. Agatángelo y le secundó ardientemente en la tarea de conseguir que la Iglesia copta volviese a la unión con la Santa Sede. El P. Agatángelo entró personalmente en contacto con los obispos coptos y el patriarca Mateo le dio plena libertad de entrar en todos los templos coptos. Con permiso especial de Roma, el P. Agatángelo solía celebrar la misa, predicar y catequizar en dichos templos; así consiguió reconciliar con la Iglesia a cierto número de coptos. Los capuchinos determinaron ganarse también a los monjes coptos, pues entre ellos se elegía a los obispos. Así pues, en 1636, el P. Agatángelo, acompañado por el P. Benito de Dijón, emprendió un largo viaje al monasterio de Deir Mar Antonios, en la baja Tebaida.
   
Los monjes los recibieron bien, y los misioneros permanecieron ahí cuatro meses, durante los cuales el P. Agatángelo tuvo con los monjes largas discusiones doctrinales y les dio pláticas espirituales. Uno de los dos libros de que se servía para dichas pláticas era el tratado «De la Santa Voluntad de Dios» del P. Benito de Canfield (Guillermo Fitch), quien fue el primer misionero capuchino en Inglaterra en tiempos de persecución. Dos de los monjes se reconciliaron con la Iglesia y el P. Agatángelo les pidió que permanecieran en el monasterio, con la esperanza de que pudiesen hacer algo por la conversión de sus hermanos. Era éste su modo de proceder ordinario, dado que no había en Egipto iglesias católicas del rito copto para que los reconciliados con Roma pudiesen asistir a los divinos misterios. Los sacerdotes católicos tenían permiso de celebrar la misa en los templos de los disidentes y los fieles estaban autorizados a asistir a ellos para que así no se quedasen sin sacramentos y, al mismo tiempo, servían de levadura entre sus hermanos disidentes. Pero la Congregación de la Propagación de la Fe publicó un decreto por el que declaraba ilícita esa práctica. El P. Agatángelo consultó el asunto con el custodio de Tierra Santa fray Pablo de Lodi, quien le respondió: «Creo que si los eminentes prelados romanos hubiesen sabido las condiciones que reinan en estos países, no habrían publicado ese decreto. Todos los frailes de aquí piensan como yo». Ante el acuerdo general de los misioneros de Palestina y Egipto sobre el punto, el P. Agatángelo escribió una larga carta al cardenal prefecto Antonio Barberini, en la que exponía las razones teológicas, canónicas y prácticas que había para retirar el decreto. El asunto pasó a la competencia del Santo Oficio. Ignoramos lo que respondió esa institución, pero probablemente dio la razón a los misioneros, ya que los sucesores del P. Agatángelo en El Cairo sostuvieron la misma política, sin que se le molestase por ello.
   
Desgraciadamente, como en tantos otros casos, el mayor obstáculo para la reconciliación entre la Iglesia copta y Roma, lo constituyeron los católicos latinos. Algunos años antes, el patriarca copto Mateo III había entrado en prometedoras negociaciones con los cónsules de Francia y Venecia. Los misioneros habían intentado valerse del renombre y del poder de Su Majestad Cristianísima en la obra de evangelización; pero quienes habían emprendido las negociaciones habían muerto ya, y el cónsul francés de la época del P. Agatángelo era un hombre de vida tan escandalosa, que a su casa se le dio el nombre de «sinagoga de Satanás». Por otra parte, los europeos llevaban en El Cairo una vida tan poco recomendable que, según escribía el P. Agatángelo a sus superiores, ese escándalo público convertía a la Iglesia «en objeto de abominación para los coptos, los griegos y los otros cristianos, de suerte que será muy difícil que superen su aversión por los latinos». En 1637, fue nombrado un nuevo cónsul francés, mejor que el anterior, pero no por ello cambió la situación. En ese mismo año, el patriarca copto reunió un sínodo para discutir la cuestión de la reconciliacion con Roma, y uno de sus consejeros se opuso a ello alegando expresamente la conducta escandalosa de los católicos en El Cairo: «La Iglesia Romana en nuestro país es un lupanar», exclamó. El P. Agatángelo, que se hallaba presente, no pudo negarlo y se limitó simplemente a advertir que por terribles que fuesen los pecados de los católicos, no alteraban la verdad y santidad profunda de la Iglesia. Después del sínodo, escribió una carta al cardenal prefecto. En ella le explicaba que, desde hacía tres años, había solicitado en vano la autorización de excomulgar públicamente a los católicos de vida más escandalosa y que había hecho cuanto estaba de su mano por la unión: «He clamado, he acusado, he amenazado Y mi celo, no sé si razonable o indiscreto, me obliga a exigir que quienes poseen la autoridad hagan uso de ella. Pero son como perros cobardes que no se atreven a morder. Haga Vuestra Eminencia lo que su celo por la gloria de Dios le dicte Por el amor de Cristo crucificado y de su bendita Madre, haga algo por remediar este enorme escándalo. Por mi parte, no me considero responsable de él ante Cristo, quien ha de juzgarnos a todos y le pido con amor que me llame entre los buenos y fieles servidores que le servirán con celo». Unos cuantos días después, el P. Agatángelo partió a Abisinia con el P. Casiano el 23 de diciembre.

En 1637, se había proyectado la fundación de una misión capuchina en Etiopía, y el P. Agatángelo y el P. Casiano habían estado en espera de la orden de partir a ella. El P. Casiano estaba destinado desde hacía varios años a Etiopía. Con miras a ello, había aprendido en El Cairo el amárico, el principal idioma de Etiopía. Ambos misioneros sabían perfectamente el peligro al que se exponían, debido a los recientes sucesos políticos y religiosos en Abisinia: cinco años antes hubo una guerra civil y la reconquista portuguesa del puerto de Mombasa (el sultán Jerónimo Chingulia/Yusuf ibn al-Hasán se rebeló contra Portugal y se hizo pirata); y a instancias de su hija mayor Evangelina (en geʽez ወንጌላዊት/Wangelawit; de quien el jesuita portugués Manoel de Almeida dice que convivió con siete hombres) el emperador Basílides (en geʽez ፋሲልደስ/Fāsīladas, nombre de trono Alem Sagad ዓለም፡ ሰገድ, “Ante quien el mundo se inclina”), siguiendo la típica política de los cismáticos «antes súbditos de la Meca que de Roma», ordenó en 1634 la expulsión del patriarca Alfonso Mendez y de los jesuitas, como también quemar los libros litúrgicos de los “francos”. Aparte, un tal Rezek, casado y con hijos, se presentó como representante del patriarca copto de Alejandría para las iglesias de Etiopía, declarando depuestos a todos los sacerdotes católicos y “ordenando” a 20.000 coptos; pero su vida era tan escandalosa que el rey tuvo que apresarlo en un peñasco alto. Los monjes fraguaron un plan para evitar el peligro, sin saber que el médico luterano alemán disfrazado de monje copto Pedro Heyling (a quien se le atribuye la introducción del protestantismo en el país), muy hostil a los católicos, estaba decidido a perderlos. Así pues, cuando los misioneros con la ayuda de un mercader veneciano, alcanzaron en 1638 a una caravana que se dirigía hacia las costas del mar Rojo a través del desierto de Nubia. Aprovechando la oportunidad de otras caravanas, pasaron Massaua y llegaron a Deboreh, Serawa en la meseta de Eritrea, fueron detenidos y torturados para luego ser enviados, atados a las colas de los animales cabalgados por sus propios carceleros, a Gondar, la capital imperial.

Al día siguiente de su llegada (llegaron el 5 de agosto), comparecieron, encadenados, enlodados y con el hábito desgarrado, ante Basílides y toda la corte. El beato Casiano respondió así a las preguntas del monarca: «Somos religiosos católicos, originarios de Francia. Hemos venido a invitaros a la reconciliación con la Iglesia católica. El patriarca Marcos ha recibido una carta del patriarca de Alejandría y nos conoce bien. Quisiéramos hablar con él». Marcos, el nuevo primado de la Iglesia de Etiopía, había sido amigo del P. Agatángelo en El Cairo. Pero el Dr. Heyling se había encargado ya de cambiarle las ideas, y el primado se negó a recibir a los misioneros. «Es verdad que yo conocí a Agatángelo en Egipto –dijo–, pero es un demonio, un hombre muy peligroso. Después de haber tratado de convertir a los egipcios a su religión, viene ahora a hacer lo propio con nuestro pueblo. No quiero verle y os aconsejo que condenéis a ambos a la horca». Un mahometano fue a discutir el asunto con el primado, pero éste no hizo más que repetir, con mayor violencia, su declaración previa. Basílides se inclinaba a desterrar a los misioneros, que le habían dicho: «Nosotros deseamos vivir y morir como hijos de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, fuera de la cual no hay salvación. No deseamos comprar nuestras vidas con el precio de la infame apostasía. No deseamos disfrutar los honores y riquezas que nos ofreces a costa de nuestras almas inmortales», pero a instancias del abuna (obispo copto) Marcos, la reina madre Sultana Mogassa y de Heyling (quien 14 años después tuvo que pagarlo con su vida, al ser decapitado en Sudán por el pachá turco de Suakin) fueron condenados a muerte el 7 de agosto.
  
Al llegar a los árboles en que los iban a colgar, hubo cierta dilación. El P. Casiano increpó a los verdugos: «¿Qué esperáis? Estamos prontos a morir». Los verdugos respondieron: «Hay que esperar a que lleguen las cuerdas». «¿Acaso no estamos atados con cuerdas?», replicó el misionero. Así pues, los mártires fueron ahorcados con sus propios cíngulos, al medio día del 7 de agosto de 1638. Un notable personaje abisinio, en aquel momento confesó la fe católica y renunció a su creencia cismática. Antes de que exhalasen el último suspiro, el primado cismático se presentó en el sitio y gritó a la multitud: «Apedread a los enemigos de la fe de Alejandría, si no, quedaréis excomulgados». Inmediatamente la chusma comenzó a apedrear a los mártires. El beato Agatángelo tenía cuarenta años; el beato Casiano, treinta. Se cuenta que los cadáveres brillaron con una luz misteriosa durante tres noches consecutivas. Basílides, aterrorizado, ordenó que se les diese sepultura. Pero unos católicos escondieron los cuerpos, sin saberse su ubicación por 250 años.
   
Agatángelo, además de sacerdote, fue un gran erudito. Así lo demuestra la correspondencia que mantuvo con el célebre arqueólogo y astrónomo provenzal Nicolás Claudio Fabri de Peiresc, quien le solicitó informaciones sobre la observación del eclipse de Luna del día 28 de agosto de 1635 a fin de determinar con precisión las longitudes costeras de varias localidades alrededor del Mediterráneo y en el África del Norte, hallando que la longitud de este mar era casi 1000 km. menor de lo que se creía hasta el momento.
    
La causa de estos mártires, intentada ya en el siglo XVII en tiempos de Urbano VIII, Inocencio XI y Alejandro VII, con las recomendaciones incluso del rey Luis XIV de Francia, queda finalmente introducida el 10 de enero de 1887 por Guillermo Massaia, quien recogió las tradiciones orales transmitidas por los católicos de aquellos lugares, y tras oportunas investigaciones, encontró la tumba de los mártires en la entrada de Islamge (Ge'ez: እስላምጌ, literal “País del islam”), el barrio musulmán de Gondar.

El 27 de abril de 1904, San Pío X reconocía la heroicidad de su martirio, y fueron beatificados el 1 de enero de 1905.
  
ORACIÓN (Del Misal Romano-Seráfico).
Oh Dios, que concediste a tus beatos Agatángelo y Casiano, inflamados de tu amor, derramar su sangre por la fe: concédenos propicio que, por su intercesión, combatamos de tal forma en la tierra a los enemigos del alma, que merezcamos ser coronados por Ti en el Cielo. Por J. C. N. S. Amen.

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