miércoles, 28 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA VIGESIMOCTAVO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA VIGESIMOCTAVO – SAN JOSÉ, CABEZA DE LA SAGRADA FAMILIA

San José es Padre de Jesús, su padre legal, su padre adoptivo, su padre nutricio. 

Como padre, San José cuida de Jesús, trabaja para sustentarlo, lo defiende aún con riesgo de su vida; él sustenta asimismo a la Madre divina, la alivia y la protege. 

¡Con qué humildad impone sus órdenes a Aquél a quien reconoce por su Creador y Salvador! Esto lo cumple porque sabe que entra en los designios del Padre celestial; lo mismo que debía hacer más tarde San Juan Bautista. 

¡Con qué humildad hablaba a la Santísima Virgen, que era soberana suya en su calidad de Madre de Dios! 

He ahí los sentimientos que deben caracterizar mi vida: debo mirar a los sacerdotes como miraba San José a Nuestro Señor; en mi prójimo debo también ver a Jesucristo; y en las mujeres a la Santísima Virgen. 

Debo con Jesús, honrar a San José como mi Padre. Nuestro Señor le daba tan hermoso título, cumpliendo cerca de él todos los deberes de hijo, lo honró, lo sirvió y amó como tal. También yo he de hacer lo mismo. 

San José es mi acabado modelo. Debo vivir de su vida, de sus virtudes, de su espíritu, porque mi vocación tiene gran semejanza con la de este gran santo. 

Ahora bien, ¿con qué espíritu sirvió San José a Jesús y a María?  — Con amor, porque conocía la divinidad de Jesús y las excelencias de María. Su alma inundada de gracias y de luces, no alcanzaba a agradecer suficientemente al Padre celestial, por haberse dignado asociarlo a tan sublimes y santos misterios. 

San José se humillaba profundamente a la vista de su indignidad. Se ofrecía con gozo y sin reserva a cumplir en todo la santa voluntad de Dios. 

Se consagró con alegría y heroica abnegación al servicio de Jesús y de María, sin tener en cuenta los sacrificios que esto pudiese reclamar. 

Pues bien, alma mía, he ahí tu senda. Tú participas de los honores del Patriarca: comparte asimismo su humildad; tanto más que no eres justa, ni perfecta como él. Sirve a Jesús y por Jesús sirve a tus hermanos con la misma abnegación que San José. 

San José ha de ser mi protector. Yo soy un hijo suyo bien pobre, débil y enfermizo. Sin embargo, ya que continúo su misión cerca de Jesús en la tierra, me ha de ayudar a cumplirla con él y como él. 

San José ha de ser el padre de la Congregación del Santísimo Sacramento; la cabeza de su familia eucarística y el modelo de todo adorador, que desea ser grato a Jesús y servirle según su Corazón. 

Aspiración. — No permitas, ¡oh San José!, que jamás seamos privados del Pan de vida. 

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