domingo, 19 de diciembre de 2021

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA VIGESIMOSEGUNDO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 22.ª (DÍA CUARTO DE LA NOVENA DE NAVIDAD): Dolor meus in conspéctu meo semper. (Mi dolor está siempre delante de mí. Salmo XXXVII, 18).
Considera cómo en aquel primer instante en que fue criada y unida el alma de Jesucristo a su cuerpecito en el seno de María, el Padre eterno intimó al Hijo su voluntad de que muriese por la redención del mundo; y en aquel mismo instante le presentó delante toda la escena funesta de las penas que debía sufrir hasta la muerte, para redimir a los hombres. Le manifestó ya entonces todos los trabajos, desprecios y pobrezas que había de padecer en toda su vida, así en Belén, como en Egipto y en Nazaret; y después le descubrió todos los dolores y las ignominias de su Pasión, los azotes, las espinas, los clavos y la cruz; todos los tedios, las tristezas, las agonías y los abandonos en medio de los que había de concluir su vida sobre el Calvario. Abrahán, llevando el Hijo a la muerte, no quiso afligirle con anticiparle el aviso de ella, por aquel poco tiempo que necesitaba para llegar al monte. Pero el eterno Padre quiso que su Hijo encarnado, destinado por víctima de nuestros pecados a su divina justicia, padeciese con mucha anticipación todas las penas a que debía sujetarse en su vida y en su muerte. De donde fue, que aquella tristeza sufrida por Jesús en el huerto, bastante para quitarle la vida, la padeció continuamente desde el primer momento que estuvo en el vientre de su Madre. Así que, desde entonces sintió vivamente y sufrió el peso reunido de todos los trabajos, dolores y vituperios que le esperaban. Toda la vida de nuestro Redentor, y todos sus años fueron vida y años de pena y de lágrimas, diciéndonos él mismo por boca de David: Con el dolor ha desfallecido mi vida, y mis años con los gemidos (Salmo XXX, 11). Su divino Corazón no tuvo un momento libre de padecimientos: o velaba, o dormía, o trabajaba, o descansaba, u oraba o conversaba; siempre tenía delante de sus ojos aquella amarga representación; la cual atormentaba más su Alma santísima que han atormentado a los santos Mártires todas sus penas. Estos han padecido, pero ayudados de la gracia padecían con alegría y fervor. Jesucristo padeció más, padeció siempre con un Corazón lleno de tristeza, y todo lo aceptó por amor a nosotros.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
¡Oh dulce, oh amable, oh amante Corazón de Jesús! ¿Luego ya desde Niño estuvísteis lleno de amargura, y agonizásteis en el seno de María, sin consuelo y sin quien os mirase, o al menos se compadeciese de Vos? Todo esto lo sufrísteis, oh Jesús mío, a fin de satisfacer por la pena y agonía eterna que a mí tocaba padecer por mis pecados. Vos, pues, padecísteis falto de todo alivio porque me salvase yo, que he tenido el atrevimiento de abandonar a Dios y volverle las espaldas. Os doy gracias, ¡oh Corazón afligido y enamorado de mi Señor! Os doy gracias, y os compadezco especialmente de ver que tanto padecísteis por los hombres, y estos tan poco os compadecen. ¡Oh amor divino! ¡Oh ingratitud humana! ¡Oh hombres, hombres!, mirad a este pequeño corderito inocente, angustiado por vosotros, para satisfacer a la justicia divina las injurias que le habéis hecho. Atended cómo Él está rogando e intercediendo por vosotros cerca del eterno Padre: miradle y amadle. ¡Ah, mi Redentor! ¡Cuán pocos son los que piensan en vuestros dolores y en vuestro amor! ¡Oh Dios!, ¡cuán pocos son los que os aman! Pero ¡miserable de mi, que tambien he vivido por tantos años olvidado de Vos! Habeis padecido tanto para que os amase, ¡y nada os he amado! Perdonadme, Jesús mío, perdonadme, que ya quiero enmendarme y quiero amaros. ¡Pobre de mí, si resisto por mas tiempo a vuestra gracia y me condeno! Todas las misericordias de que habéis usado conmigo, y especialmente vuestra dulce voz que ahora me llama a amaros, serán mis mayores penas en el Infierno. Amado Jesús, tened piedad de mí, no permitais que viva más ingrato a vuestro amor; dadme luz, dadme fuerza de vencerlo todo para cumplir vuestra voluntad. Escuchadme os ruego, por los méritos de vuestra Pasión. En esta yo todo lo confio, y en vuestra intercesión. ¡Oh María, madre mía amada!, socorredme. Vos sois aquella que habeis alcanzado todas las gracias que yo he recibido de Dios. Os doy gracias, pero si Vos no continuáis en socorrerme, yo seguiré en ser infiel como lo he sido hasta aquí…

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