lunes, 17 de enero de 2022

MES DE ENERO DEDICADO AL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS (DÍA DECIMOSÉPTIMO)

Ejercicio dispuesto a partir de los Pensamientos o Reflexiones Cristianas para todos los días del año, por el Padre Francisco Nepveu SJ, tomo I, Barcelona, imprenta de doña Teresa Pou vda. de Piferrer, año 1755. Las oraciones provienen del Manual Dominico publicado en Dublín por Browne & Nolan Publishers en 1913.
   
MES DEDICADO AL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS
    
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
«Dios le ensalzó sobre todas las cosas, y le dio nombre superior a todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno». (Filipenses II, 10-11).
   
¡Oh Dulce Jesús!, concededme una viva devoción a vuestro Sagrado Nombre; enseñadme Vos a entender su significado y a realizar su eficacia; a gustar de su dulzura y a confiar en su poder; enseñadme a invocarlo dignamente en todas mis dificultades y aflicciones. Que este sea el último sonido de mis labios moribundos mientras voy a encontrarme con Vos en el Juicio. ¡Oh amadísimo Señor, sed para mí entonces un misericordioso Salvador y no un Juez furioso!
   
DÍA DECIMOSÉPTIMO
MEDITACIÓN: DE LA SOBERBIA.
PRIMER PUNTO.
Es la soberbia (dice San Agustín) una hinchazón del corazón, con la qual el hombre, a modo de decir, se hincha y no cabe en sí mismo (Est supérbia non magnitúdo, sed tumors quod áutem tumet, vidétur magnum, sed nona est sanum). Lo hinchado parece grande, y no lo es, y si lo es, se origina de enfermedad y no de perfección. No hay vicio que tenga menos motivo en el hombre, y no obstante es el más arraigado. Si entramos en nosotros mismos a buscarnos con la consideración no hallaremos sino motivo de humildad; y no obstante, teniéndolos tan cerca, somos soberbios. Nadie hay que no lo sea: pocos que lo conozcan, y ninguno que lo confiese. Muchísimas veces confesamos de buena fe los otros defectos, algunas nos lisonjeamos con ellos públicamente, pero jamás confesamos la soberbia, y aun más, que nos la encubrimos a nosotros mismos: señal evidente de que en ella hay alguna cosa muy útil y vergonzosa sobre ser su fin la elevación. Un soberbio falta ordinariamente a la equidad y a la razón: por esto los sabios y prudentes miran al soberbio como loco. Dichoso si Dios lo mirara así, y no le castigase tan severamente.
   
SEGUNDO PUNTO. La soberbia (dice el Espíritu Santo) es el origen de todos los pecados: Inítium omnis peccáti est supérbia (Eclesiástes X). No hay ninguno que no sea efecto de la soberbia, pues que no hay ninguno que no sea falto de sumisión a la voluntad de Dios: quitemos la soberbia del mundo, y quitaremos la mayor parte de las culpas. No parece el mayor pecado; pero es el de más, y más funestos efectos. De ella viene la ambición, la presunción, la hipocresía, la tema, la tenacidad con su opinión, hasta preferirle a la de la Iglesia. De ella se originan las cóleras terribles, las envenenadas iras, las crueles venganzas, las malignas envidias, las delicadezas del duelo, de que se siguen tantos males. De ella nacen las murmuraciones, revoluciones, y blasfemias contra Dios. De ella se sigue este deseo de levantarse sobre su mérito por medios poco legítimos. De ella, el empeño de sostener el empeño de un estado imaginario o injusto, por medios aún más injustos. De ella, el lujo que se conserva a expensas del Oficial, o del Mercader, a quien se debe. De ella, en las mujeres, nace la pasión de agradar, de ser distinguidas y adoradas como ídolos, juzgando elevarse así sobre las otras. Cuando al contrario, el considerarlas y distinguirlas los hombres las abate infinito, haciéndolas olvidar la modestia y el empacho, que es la gloria de su sexo. ¿Qué deberemos hacer por extinguir y arrancar la soberbia, fecundo manantial de tantos males?
   
TERCER PUNTO. La soberbia (dice el Espíritu Santo) es un vicio abominable a los ojos de Dios: Abominátio Dómini est omnis arrógans (Proverbios XVI), y como le aborrece, le condena y castiga, para que, como es la causa de todos los pecados, sea la causa de todas las penas. La soberbia precipitó en los infiernos una multitud innumerable de Ángeles; sacó a Adán del Paraíso terrenal y excluyó de él a su posteridad, a quien hizo heredera de su culpa y desgracias. Dios castiga y persigue al soberbio, le priva de sus auxilios, se opone a sus intentos; porque él se opone a los de Dios. Le abandona a sus concupiscencias más desregladas y a sus pasiones más vergonzosas, para humillar y enmendar su soberbia. ¡Cuál será el mal, para el cual un Médico tan caritativo receta medicinas tan crueles! ¡Ah, Señor! Libradme de estos remedios. Vos solo podeis curar mi soberbia, por violentos que sean los remedios, como no me aparten de Ti, yo me sujeto a ellos; y con esto por acerbos que sean, me parecerán dulces.
  
FRUTO. Reconoce de buena fe y sinceramente el fondo de tu soberbia: examina los efectos que en ti causa, y toma la resolución de aplicar los remedios más eficaces para deshacerla.
  
«Odíbilis coram Deo, et homínibus supérbia» [Es la soberbia el objeto del odio de Dios y de los hombres] (Eclesiástico X, 7).
  
«Erubéscat homo esse supérbus, per quem Deus factus est húmilis» [Avergüéncese el hombre de ser soberbio, por quien Dios se hizo humilde] (San Agustín).
  
ORACIÓN A JESÚS PARA TODOS LOS DÍAS
Oh compasivísimo Jesús, lleno de piedad y misericordia, que no despreciáis los suspiros del malvado; ¡ay!, toda mi vida ha perecido y pasado sin fruto, ni he hecho nada bueno ante vuestra presencia. A Vos, pues, me dirijo, implorando vuestra clemencia. Hablad por mí, satifaced por mí. Lavad toda la inmundicia de mis pecaminosos ojos con las puras lágrimas de vuestros gloriosísimos ojos. Por la dulce compasión de vuestros benditos ojos, removed la iniquidad de mis pecaminosos oídos. Por la pura intención de vuestros santísimos pensamientos, y por el ferviente amor de vuestro traspasado Corazón, lavad toda la culpa de mis malos pensamientos y de mi malvado corazón. Por el conmovedor poder de las palabras de vuestra benditísima boca, borrad todas las ofensas de mi boca corrompida. Por la perfección de vuestras acciones y la crucifixión de vuestras manos, lavad todas las ofensas de mis manos impías. Por el doloroso cansancio de vuestros benditos pies, y por la cruel perforación con los clavos, lavad todas las inmundicias de mis pies pecaminosos. Por la majestuosa inocencia de vuestra vida, y por vuestra incontaminada santidad, lavad todas la asquerosidad de mi vida corrupta. Finalmente, lavad, borrad y extinguid todos los pecados de mi corazón y de mi alma en las abundantes corrientes de vuestra preciosísima Sangre, para que así, por vuestros santísimos méritos, pueda ser debidamente limpio, y en adelante guarde sin mancha todos vuestros mandamientos. Amén.
  
Di en reparación por las blasfemias proferidas contra los Santos Nombres de JESÚS y MARÍA:
¡Bendito sea Dios!
¡Bendito sea su Santísimo Nombre!
¡Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre!
¡Bendito sea el Nombre de Jesús!
¡Bendito sea su sacratísimo Corazón!
¡Bendita sea su preciosísima Sangre!
¡Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar!
¡Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito!
¡Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima!
¡Bendita sea su santa e inmaculada Concepción!
¡Bendita sea su gloriosa Asunción!
¡Bendito sea el nombre de María, Virgen y Madre!
¡Bendito sea su Inmaculado Corazón!
¡Bendito sea San José, su castísimo Esposo!
¡Bendito sea Dios en sus Ángeles y Santos! Amén.
   
JACULATORIAS:
  • ¡JESÚS mío, misericordia! (100 días de Indulgencia cada vez).
  • JESÚS, DIOS mío, Te amo sobre todas las cosas (50 días de Indulgencia).
  • JESÚS, Hijo de David, ten misericordia de mí (100 días de Indulgencia, una vez al día).
Padre nuestro, Ave María y Gloria.
    
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

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