La Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) rechazó la propuesta/exigencia del cardenal Víctor Manuel “Tucho” Fernández Martinelli, prefecto del Dicasterio vaticano para la Doctrina de la Fe de suspender las consagraciones episcopales programadas para el 1 de Julio a cambio de un “diálogo doctrinal”.
La decisión fue expresada en un comunicado fechado a hoy 19 de Febrero:
Fraternidad Sacerdotal San Pío XCOMUNICADO SOBRE LA RESPUESTA DEL CONSEJO GENERAL DE LA FRATERNIDAD SAN PÍO X A LA PROPUESTA DEL DICASTERIO PARA LA DOCTRINA DE LA FEDurante la reunión celebrada el pasado 12 de febrero entre el Padre Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, y Su Eminencia el Cardenal Víctor Manuel Fernández, Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, organizada tras el anuncio de las futuras consagraciones episcopales para la Fraternidad, este último propuso «un camino de diálogo específicamente teológico, según una metodología muy precisa, […] para poner de relieve los mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica», condicionando este diálogo a la suspensión de las consagraciones episcopales anunciadas.A petición del Prefecto del Dicasterio, el Superior General presentó esta propuesta a los miembros de su Consejo, y se tomó el tiempo necesario para evaluarla.El 18 de febrero, el Padre Pagliarani envió su respuesta por escrito al Cardenal, acompañada de varios anexos y firmada por los cinco miembros del consejo general.Dado que la cuestión es ahora de dominio público, a raíz del comunicado publicado por la Santa Sede el 12 de febrero, parece oportuno hacer público también el contenido de esta carta y sus anexos, a fin de permitir a los fieles interesados conocer con precisión la respuesta dada.El Superior General confía esta situación a la oración de los miembros de la Fraternidad y de todos los fieles. Pide que el rezo del rosario, así como los sacrificios del tiempo de Cuaresma que comienza, se ofrezcan especialmente por elSanto Padre, por el bien de la Santa Iglesia y para preparar dignamente las almas para la ceremonia del 1 de julio.Menzingen, 19 de febrero de 2026__________________________________Casa generalicia — Castillo Scwandegg — CH-6313 Menzingen (cantón de Zug) — Tel. +41 41 757 10 50
El día anterior, el Consejo general (confirmado por el padre Pagliarani, los padres Christian Bouchacourt y Franz Schmidberger, y los obispos Bernard Fellay Voegele y Alfonso de Galarreta Genua) emitió la siguiente carta:
Fraternidad Sacerdotal San Pío XRESPUESTA DEL CONSEJO GENERAL DE LA FRATERNIDAD SAN PÍO X AL PREFECTO DEL DICASTERIO PARA LA DOCTRINA DE LA FE.Menzingen, 18 de febrero de 2026Miércoles de CenizaEminencia Reverendísima,Ante todo, le agradezco haberme recibido el pasado 12 de febrero, así como haber hecho público el contenido de nuestro encuentro, lo cual favorece una perfecta transparencia en la comunicación.No puedo sino acoger favorablemente la apertura a una discusión doctrinal, manifestada hoy por la Santa Sede, por la sencilla razón de que fui yo mismo quien la propuso hace exactamente siete años, en una carta fechada el 17 de enero de 2019 [1]. En aquel momento, el Dicasterio no mostró realmente interés por tal discusión, aduciendo —de forma oral— que era imposible llegar a un acuerdo doctrinal entre la Santa Sede y la Fraternidad San Pío X.Por parte de la Fraternidad, una discusión doctrinal era —y sigue siendo— deseable y útil. En efecto, aunque no se llegue a un acuerdo, los intercambios fraternos permiten conocerse mejor mutuamente, afinar y profundizar los propios argumentos, comprender mejor el espíritu y las intenciones que animan las posiciones del interlocutor, sobre todo su amor real por la Verdad, por las almas y por la Iglesia. Esto se aplica, en todo momento, para ambas partes.Esa era precisamente mi intención en 2019, cuando sugerí una discusión en un momento sereno y pacífico, sin la presión o la amenaza de una posible excomunión que habría hecho el diálogo un poco menos libre, lo cual, lamentablemente, sucede hoy.Dicho esto, aunque me alegra, por supuesto, esta nueva apertura al diálogo y la respuesta positiva a mi propuesta de 2019, no puedo aceptar, por honestidad intelectual y fidelidad sacerdotal, ante Dios y ante las almas, la perspectiva y los objetivos en nombre de los cuales el Dicasterio propone reanudar el diálogo en la situación actual; ni tampoco, por otra parte, el aplazamiento de la fecha del 1 de julio.Le expongo respetuosamente las razones, a las que añadiré algunas consideraciones complementarias.
- Ambos sabemos de antemano que no podemos ponernos de acuerdo en materia doctrinal, especialmente en lo que se refiere a las orientaciones fundamentales adoptadas desde el Concilio Vaticano II. Este desacuerdo, por parte de la Fraternidad, no constituye una simple divergencia de opiniones, sino un verdadero caso de conciencia, nacido de lo que resulta ser una ruptura con la Tradición de la Iglesia. Lamentablemente, este complejo nudo se ha vuelto aún más inextricable con los desarrollos doctrinales y pastorales surgidos durante los últimos pontificados.
Por lo tanto, no veo cómo un proceso de diálogo común podría conducir a determinar conjuntamente cuáles serían «los mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica», ya que, como usted mismo ha recordado con franqueza, los textos del Concilio no pueden ser corregidos, ni puede cuestionarse la legitimidad de la reforma litúrgica.- Se entiende que este diálogo debería permitir aclarar la interpretación del Concilio Vaticano II. Pero esta ya está claramente establecida en el posconcilio y en los sucesivos documentos de la Santa Sede. El Concilio Vaticano II no es un conjunto de textos libremente interpretables: ha sido recibido, desarrollado y aplicado durante sesenta años por los
papasque se han sucedido, según orientaciones doctrinales y pastorales precisas.Esta lectura oficial se expresa, por ejemplo, en textos importantes como Redemptor Hominis, Ut Unum Sint, Evangelii Gaudium o Amoris Lætitia. Se manifiesta igualmente en la reforma litúrgica, comprendida a la luz de los principios reafirmados en Traditionis Custodes. Todos estos documentos muestran que el marco doctrinal y pastoral en el que la Santa Sede pretende situar cualquier discusión ya está determinado.- El diálogo propuesto se presenta hoy en circunstancias que no pueden ignorarse. En efecto, llevamos siete años esperando una respuesta favorable a la propuesta de discusión doctrinal formulada en 2019. Más recientemente, escribimos en dos ocasiones al
Santo Padre: primero para solicitar una audiencia, y luego para exponer con claridad y respeto nuestras necesidades y la situación concreta de la Fraternidad.Sin embargo, tras un largo silencio, solo cuando se mencionan las consagraciones episcopales se propone la reanudación del diálogo, que aparece, por tanto, como dilatorio y condicionado. En efecto, la mano tendida para la apertura al diálogo va acompañada, lamentablemente, de otra mano ya dispuesta a infligir sanciones. Se habla de ruptura de la comunión, de cisma [2] y de «graves consecuencias». Más aún, esta amenaza es ahora pública, lo cual crea una presión difícilmente compatible con un verdadero deseo de intercambios fraternos y de diálogo constructivo.- Por otra parte, no nos parece posible entablar un diálogo para definir cuáles serían los mínimos necesarios para la comunión eclesial, simplemente porque esa tarea no nos corresponde. A lo largo de los siglos, los criterios de pertenencia a la Iglesia han sido establecidos y definidos por el Magisterio. Aquello que debía creerse de forma obligatoria para ser católico siempre se ha enseñado con autoridad, en constante fidelidad a la Tradición.
Por lo tanto, no vemos cómo estos criterios podrían ser objeto de un discernimiento común mediante el diálogo, ni cómo podrían ser reevaluados hoy en día hasta el punto de no corresponder ya a lo que la Tradición de la Iglesia siempre ha enseñado y que nosotros deseamos observar fielmente, en nuestro lugar.- Finalmente, si se prevé un diálogo con vistas a llegar a una declaración doctrinal que la Fraternidad pueda aceptar, en relación con el Concilio Vaticano II, no podemos ignorar los precedentes históricos de los esfuerzos realizados en este sentido. En particular, quisiera llamar su atención sobre el más reciente: la Santa Sede y la Fraternidad recorrieron un largo camino de diálogo, iniciado en 2009, particularmente intenso durante dos años, y luego continuado de manera más esporádica hasta el 6 de junio de 2017. Durante todos esos años, se buscó alcanzar lo que el Dicasterio propone ahora.
Sin embargo, todo terminó drásticamente con una decisión unilateral por parte del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Cardenal Müller, quien, en junio de 2017, estableció solemnemente, a su manera, los «mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica», incluyendo explícitamente todo el Concilio y el posconcilio [3]. Esto demuestra que, si se insiste en un diálogo doctrinal demasiado forzado y sin la suficiente serenidad, a largo plazo, en lugar de obtener un resultado satisfactorio, solo se conseguirá agravar la situación.Así pues, ante la constatación compartida de que no podemos llegar a un acuerdo sobre la doctrina, me parece que el único punto en el que podemos coincidir es el de la caridad hacia las almas y hacia la Iglesia.Como cardenal y obispo, usted es ante todo un pastor: permítame dirigirme a usted en ese título. La Fraternidad es una realidad objetiva: existe. Por eso, a lo largo de los años, losSumos Pontíficeshan tomado nota de su existencia y, mediante actos concretos y significativos, han reconocido el valor del bien que puede realizar, a pesar de su situación canónica. Es también por eso que hoy estamos dialogando.Esta misma Fraternidad le pide únicamente poder continuar haciendo ese mismo bien a las almas a las que administra los santos sacramentos. No le pide nada más, ningún privilegio, ni siquiera una regularización canónica que, en el estado actual de las cosas, es impracticable debido a las divergencias doctrinales. La Fraternidad no puede abandonar a las almas. La necesidad de las consagraciones es una necesidad concreta a corto plazo para la supervivencia de la Tradición, al servicio de la Santa Iglesia católica.Podemos estar de acuerdo en un punto: ninguno de nosotros desea reabrir heridas. No repetiré aquí todo lo que ya hemos expresado en la carta dirigida alPapaLeón XIV, de la que usted tiene conocimiento directo. Subrayo solamente que, en la situación actual, el único camino realmente practicable es el de la caridad.Durante la última década, elPapaFrancisco y usted mismo han abogado ampliamente por «la escucha» y la comprensión de las situaciones particulares, complejas, excepcionales, ajenas a los esquemas ordinarios. También han deseado que el derecho se utilice siempre de forma pastoral, flexible y razonable, sin pretender resolverlo todo con automatismos jurídicos y esquemas preestablecidos. La Fraternidad no le pide otra cosa en este momento, y sobre todo no lo pide para sí misma: lo solicita por esas almas, respecto de las cuales, como ya se ha prometido alSanto Padre, no tiene otra intención que hacerlas verdaderas hijas de la Iglesia romana.Finalmente, hay otro punto en el que también estamos de acuerdo, y que debe alentarnos: el tiempo que nos separa del 1 de julio es un tiempo de oración. Es un momento en el que imploramos al Cielo una gracia especial y, por parte de la Santa Sede, comprensión. Rezo especialmente por usted al Espíritu Santo y —no lo tome como una provocación— a su santísima esposa, la Mediadora de todas las gracias.Deseo agradecerle sinceramente la atención que me ha dispensado y el interés que tenga a bien mostrar a la presente cuestión.Reciba, Eminencia Reverendísima, la expresión de mis más distinguidos saludos y de mi devoción en el Señor.Davide Pagliarani, Superior General+ Alfonso de Galarreta, Primer Asistente GeneralChristian Bouchacourt, Segundo Asistente General+ Bernard Fellay, Primer Consejero General, Ex Superior GeneralFranz Schmidberger, Segundo Consejero General, Ex Superior General[2] «La Fraternidad, sin embargo, se defiende de toda acusación de cisma y considera, apoyándose en toda la teología tradicional y en la enseñanza constante de la Iglesia, que una consagración episcopal no autorizada por la Santa Sede, cuando no va acompañada ni de una intención cismática ni de la colación de la jurisdicción, no constituye una ruptura de la comunión de la Iglesia». Cf. Anexo II: Artículo “Orden y Jurisdicción: La inanidad de la acusación de cisma”.[3] Cf. Anexo III: “Carta del cardenal Gerhard Müller al obispo Bernard Fellay (6 de Junio de 2017)”.__________________________________Casa generalicia — Castillo Scwandegg — CH-6313 Menzingen (cantón de Zug) — Tel. +41 41 757 10 50
Una vez más, se muestra que el problema principal no es la Misa en latín o consagraciones episcopales, sino la eclesiología subyacente en ambas partes: De un lado, el neogalicanismo de la Fraternidad, que “está y no está en cisma” con los hombres que dice reconocer como Papas y Obispos ordinarios, mencionar en su liturgia y tener su fotografía en la rectoría prioral. Por el otro, el latitudinarismo (o “Broad Church”, como dirían los anglicanos) de la secta del Vaticano II, que afirma que la Fraternidad “está y no está en cisma” con ella, pero contemporáneamente predica que fuera de ella cualquiera se puede salvar y que Dios quiere que existan varias religiones (y por ende, varias denominaciones y facciones de una misma Iglesia, mal que les pese a algunos conciliares que vociferarán «El espíritu de Lutero está vivito y coleando en ellos», o clamarán que «les tiraron la granada de mano» a sus planes para mantener la franquicia) que deben gozar de libertad. En una palabra, NINGUNO DE LOS DOS ESTÁ POR LA ECLESIOLOGÍA DE LA IGLESIA CATÓLICA.
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