viernes, 6 de agosto de 2021

FRAY MATEO DE BASCIO, EL REFORMADOR QUE NO FUE BEATIFICADO


Fray Mateo de Bascio nació en 1495 en Bascio en la Diócesis de Montefeltro en el Ducado de Urbino, en el seno de una familia de campesinos, siendo sus padres Pablo Serafini y Francisca Clavari. Cuando tenía 17 años de edad entró en la orden de los Observantes de Montefiorentino. En 1525 era sacerdote y misionero siendo también miembro de la Provincia Reformada de Ancona.
   
Se cuenta que habiendo asistido a un funeral, cuando regresó al convento, encontró un mendigo a un costado del camino que estaba escasamente vestido. Compasivo, fray Mateo le dio parte de su hábito. Poco después, mientras oraba, oyó una voz que le dijo tres veces: «Observa la Regla al pie de la letra». Desde entonces, resolvió vivir como ermitaño y descalzo. Si bien León X le concedió permiso para iniciar una reforma, no pudo hacerlo (quizá por la muerte del Sumo Pontífice).
  
Motivado por la necesidad que sentía por reformarse, la cual era común en toda la familia franciscana, resolvió en 1525 en el año del Jubileo, principiar con una vida más austera escogiendo para el efecto un estilo más parecido al de San Francisco. El Papa Clemente VII le aprobó vivæ vocis oráculo su requerimiento y por medio del mismo le permitió predicar en cualquier lugar y tener seguidores. Algunos de los miembros de la observancia pidieron el permiso para unirse a Mateo, y el 3 de Julio de 1528 el Papa decretó a instancias de su sobrina, la duquesa Catalina Cybo de Camerino, la Bula “Religiónis zelus”, por medio de la cual la nueva reforma era aprobada y colocada en la jurisdicción nominal de los Conventuales. El nombre “Capuchino” fue dado por la gente a los nuevos monjes franciscanos y luego adoptado oficialmente, en los decretos pontificales los seguidores de Bassi utilizaron varios estilos en la expresión “Capucini”, “Capuciati”, “Capulati” y “Hermanos de la Observancia Capucinórum”.
   
En abril de 1529 la orden tuvo su primera seccional en la iglesia de Santa María de la Acuarela en Albacina donde Mateo de Bascio fue electo por aclamación vicario general. Se elaboró un código a manera de constitución que servía de base a la reforma, con seis puntos fundamentales:
1.º Recitación llana del oficio divino; supresión de toda función pública para dar más tiempo a la oración mental; una sola misa en cada convento, excepto en las fiestas; prohibición de celebrar misas cantadas y de recibir estipendios; prohibición de acompañar y celebrar funerales y tomar parte en otras procesiones que la del Corpus y las Rogativas.
2.º Disciplina diaria después de los maitines de media noche; dos horas obligatorias de oración mental para los menos fervorosos; pero todos han de emplear en la oración todo el tiempo que les quede libre de las ocupaciones; silencio riguroso en tiempos señalados.
3.º En la mesa no se servirá más que un plato; se prohíbe pedir de limosna carne, queso y huevos, pero se pueden recibir estas cosas cuando son ofrecidas espontáneamente; cada religioso ha de tener libertad para privarse en la mesa de carne, vino y alimentos de valor; no se harán provisiones más que para dos o tres días, y ha de pedirse diariamente la limosna.
4.º Se permite segunda túnica cuando fuese necesaria por razón del frío; el manto solamente a los enfermos y ancianos; el hábito será estrecho y ajustado; las sandalias se permiten como excepción al que no puede ir descalzo.
5.º No se admiten síndicos ni procuradores. Las casas se edificarán fuera de las ciudades y quedarán siempre en propiedad de los bienhechores; mientras sea posible se construirán de mimbres y barro; las celdas han de ser tan pequeñas y estrechas, que más bien parezcan sepulcros. Habrá una o dos ermitas apartadas del convento para retirarse los frailes con toda libertad a hacer oración y llevar vida más rígida. En cada casa no habrá más de siete u ocho religiosos; en los conventos más importantes, diez o doce como máximo. Las iglesias han de ser pequeñas y pobres; se desterrarán de ellas los ornamentos de seda y terciopelo y los cálices de oro y plata.
6.º Los superiores han de enviar fuera a los predicadores con frecuencia, pero éstos no aceptarán retribución alguna por sus ministerios; la predicación será sencilla y llana. Cada predicador no tendrá más de uno o dos libros; sólo se permite estudiar la sagrada Escritura y los autores devotos; nadie se atreva a erigir casas de estudio. Los religiosos se abstendrán absolutamente de oír confesiones de seglares, fuera de algún caso de necesidad extrema. 
Sin embargo, el humilde fundador no mantuvo su cargo por mucho tiempo. Después de visitar unos poblados deseo volver a tener su carrera apostólica y quizá también influido por el hecho de sentirse sin mayor poder contra las dificultades que se generaban por parte de problemas con los discípulos, renunció a su puesto y fue sucedido por Ludovico Tenaglia de Fossombrone, ya que aquella reforma no era la que él había querido y dentro de la nueva rama franciscana, algunos de sus cohermanos querían que abandonara su puesto. 

El llamado a la observancia de la Regla antigua no solo halló eco entre los frailes, pues la dama española Lorenza Longo fundó en Nápoles el convento de Santa María de Jerusalén, cuyas monjas (después de haber sido dirigidas un tiempo por San Cayetano de Thiene) fueron aprobadas por el Papa Pablo III como las Clarisas Capuchinas, siguiendo la Constitución de Santa Coleta.
    
Desde entonces no tomó parte en el gobierno de la Orden y se retiró de ella ya que la deriva que estaba tomando (algunos de sus miembros más relevantes, como Bernardino Tommassini Ochino, que había sido superior general en 1538, caerían en la herejía protestante, por lo que el pueblo los rechazó y a no ser por el cardenal Antonio Sanseverino Carafa, Pablo III habría suprimido la orden) no era la correcta. Incluso, el procurador Bernardino Palladio de Asti pretendía limitarle la libertad para predicar, visto que una vez gritó a los cardenales y prelados que salían de la Basílica de San Pedro: «¡Al infierno los soberbios y los ambiciosos; al infierno los viciosos!». Aproximadamente en el año 1537 decidió retornar a la obediencia de los Observantes aún con el temor de incurrir en alguna censura eclesiástica (los franciscanos temían que la reforma capuchina reavivase la pugna entre los Conventuales y los Espirituales de los siglos XIII y XIV, además que ya habían otras reformas: entre los conventuales nacieron los Villacrecianos, Coletinos, Amadeitas y Descalzos; y en los observantes nacieron los Clarenses y los Capriolanos), porque en diferentes oportunidades y diferentes épocas estos habrían obtenido bulas y decretos contra la nueva reforma (por ejemplo, el breve “Cum nuper”, del 8 de Marzo de 1526, a instancias del Procurador provincial Juan de Fano y el Ministro general de la Observancia, Francisco de los Ángeles Quiñones -el del Breviario de la Santa Cruz-, declaró apóstatas de la orden a Mateo y a los hermanos Ludovico y Rafael de Fossombrone, y facultaba reconducirlos incluso por la fuerza secular). Bascio predicó en todo el país de Italia y parte de Alemania, donde acompañó a las tropas papales comandadas por Octavio Farnesio que combatían junto a Carlos V contra la Liga de Esmalcalda, y en la batalla de Mühlberg (24 de Abril de 1547) condujo a los soldados católicos a la victoria y tomó prisionero al príncipe protestante Juan Federico I de Sajonia.
   
Finalmente se estableció en Venecia, donde continuó con su celo y combate contra los vicios en todos estamentos sociales. Un día, a las 9 de la mañana, hora en que los nobles concurrían al Palacio Ducal, entró al tribunal con una pluma y una linterna, como buscando algo. Preguntóle uno: «¿Padre, qué busca con esa luz?». Contestó: «¡Busco la justicia que se ha perdido en estos tribunales!», por lo que fue desterrado a la isla de Chioggia. A los dos años, ante el Consejo de los Cuarenta sobre lo Criminal, exclamó: «¡Al infierno todos los poderosos que por fuerza oprimen a los pobres! ¡Al infierno todos los que no administran justamente la justicia! ¡Al infierno todos los jueces que condenan a muerte a los inocentes!». Los magistrados lo expulsaron del tribunal, y si no fuera porque sus amigos y devotos Sebastián Veniero y Francisco Duodo (héroes venecianos en Lepanto) se interpusieron, hubiese salido mal librado.
  
Murió en un ángulo del campanario de la iglesia de San Moisés durante la noche del 3 de Agosto de 1552, y fue enterrado en la fosa común de la iglesia. El 3 de Octubre de ese año, los Observantes de esa ciudad lo trasladaron a la iglesia de San Francisco de la Viña, en presencia de una vasta concurrencia que había llegado al lugar atraída por su reputación como un santo. El siguiente texto de Arthur du Monstier se puede leer el Martirologio Franciscano y dice:
«Venétiis, Beáti Matthǽi Bascii, Confessóris: Congregatiónis Capucinórum Institutóris: qui assíduis jejúniis, vigíliis et oratiónibus vacans; necnon altíssima paupertáte, et ingénti salútis animárum zelo, relúcens: sanctitáte ac miraculórum glória illústris, decéssit e vita [Murió en Venecia el Beato Mateo Bascio, confesor, fundador de la congregación de los capuchinos, cuyos continuos ayunos, vigilias y oraciones, su gran pobreza y ardiente celo por las almas, le confirieron una santidad extraordinaria y el don de los milagros hace que su memoria sea gloriosa]».
Seis días después de la traslación, los frailes empezaron un proceso sobre los presuntos milagros sucedidos entorno a su sepulcro, pero la oposición del Nuncio pontificio Ludovico Beccadelli y de los ambientes inquisitoriales romanos, secretamente tenidos al corriente del informador laico Girolamo Muzio, perjudicó el éxito de la operación de la canonización, y la reforma capuchina se queda sin un santo. 

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