martes, 7 de diciembre de 2021

MEDITACIONES PARA EL ADVIENTO, NAVIDAD Y EPIFANÍA (DÍA DÉCIMO)

Meditaciones dispuestas por San Alfonso María de Ligorio, y traducidas al Español, publicadas en Barcelona por la imprenta de Pablo Riera en 1859. Imprimátur por D. Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, el 30 de Octubre de 1858.
     
MEDITACIÓN 10.ª: Virum dolórum et sciéntem infirmitátem. (Varón de dolores y que sabe de trabajos. Isaías LIII, 3).
Así llamó el profeta Isaías a Jesucristo, el hombre de dolores; sí, porque este hombre fue engendrado para padecer, y desde niño comenzó a sufrir los mayores dolores que jamás habían sufrido los otros. El primer hombre Adán tuvo algún tiempo en que gozó en esta tierra las delicias del paraíso terrenal. Pero el segundo Adán, Jesucristo, no tuvo momenlo alguno de su vida que no estuviese lleno de afanes y agonías; habiéndole ya afligido desde niño la vista funesta de todas las penas e ignominias que debía padecer en su vida, y especialmente después en su muerte, sumergido en una tempestad de dolores y oprobios; como ya predijo David por aquellas palabras: He llegado a alta mar, y la tempestad me ha anegado (Salmo LXVIII, 3). Jesucristo desde el vientre de María aceptó la obediencia dada a Él por el Padre, acerca de su Pasión y muerte: Factus obœ́diens usque ad mortem (Efesios II, 8) pues que desde el vientre de María previó los azotes, y ofreció a estos sus carnes: previó las espinas y ofrecióles su cabeza: previó las bofetadas y ofreció sus mejillas: previó los clavos y ofreció las manos y los pies: previó la cruz y ofreció su vida. De aquí fue que nuestro Redentor desde la primera infancia, en todos los momentos de su vida padeció un continuo martirio, y este le ofreció sin cesar por nosotros al eterno Padre. Pero lo que más le afligió fue la vista de los pecados que debían cometer los hombres, aun después de su penosa Redención. Conocía bien con su luz divina la malicia de todos los pecados, y para quitarlos venía al mundo; mas viendo además un número grande que se habían de cometer despues, esto dio mayor pena al Corazón de Jesús que las penas que han padecido y padecerán todos los hombres de la tierra.
    
AFECTOS Y SÚPLICAS 
Dulce Redentor mío, ¿cuándo será que yo comience a ser agradecido a vuestra bondad infinita? ¿Cuándo comenzaré a reconocer el amor que me habeis tenido, y las penas que por mí habeis sufrido? Hasta aquí en vez de amor y gratitud os he dado ofensas y desprecios. ¿Deberé, pues, seguir siempre viviendo ingrato a Vos, Dios mío, que nada habeis excusado por conquistaros mi amor? No, Jesús mío, no ha de ser así. Yo quiero en los días que me restan de vida seros agradecido, y Vos me habeis de ayudar. Si os he ofendido, vuestras penas y vuestra muerte son mi esperanza. Vos habeis prometido perdonar al que se arrepiente. Yo me arrepiento con toda el alma de haberos despreciado. Cumplid vuestra palabra, amor mío, perdonadme. Oh mi amado Niño, en ese pesebre os contemplo clavado ya en la cruz que teneis presente y aceptais por mí. Infante mío crucificado, os diré, yo os doy gracias y os amo. Vos sobre esa paja, padeciendo por mí, y preparándoos ya para morir por mi amor, me convidais y mandais que os ame diciendo: Amarás al Señor tu Dios. Y yo no deseo otro que amaros. Ya, pues, que de mí quereis ser amado, dadme todo el amor que de mí exigís. El amor hacia Vos es don vuestro, y el don más grande que podeis hacer a un alma. Aceptad, oh Jesús mío, por amante vuestro un pecador que tanto os ha ofendido. Vos habeis venido del Cielo a buscar las ovejuelas perdidas: buscadme, pues, que yo no busco a otro que a Vos. Quereis mi alma, y ella no quiere a otro que a Vos. Amais a quien os ama diciendo: Diligéntes me díligoYo os amo, amadme también Vos, y si me amais, atadme a vuestro amor, y atadme de manera que no pueda separarme más de Vos. María madre mía, ayudadme. Sea también vuestra gloria ver amado a vuestro Hijo de un miserable pecador, que antes tanto le ha ofendido.

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