miércoles, 27 de diciembre de 2023

LA NECESIDAD DE LA PENA CAPITAL PARA LOS HEREJES

«La experiencia enseña que no hay otro remedio [sino condenar a muerte a los herejes], porque a medida que la Iglesia progresaba probó todos los remedios. Primero utilizó sólo la excomunión, luego añadió sanciones pecuniarias, luego utilizó el exilio y, finalmente, se vio obligada a implementar la pena de muerte, porque los herejes desprecian la excomunión, y dicen que es un rayo frío. Si se les amenaza con una sanción pecuniaria, no temen a Dios ni muestran reverencia hacia los hombres, sabiendo que no faltarán tontos que creerán en ellos y los apoyarán. Si se los encierra en prisión o se los envía al exilio, ellos corromperán con sus palabras a los que están cerca de ellos, y con sus libros a los que están lejos. Por tanto, el único remedio es enviarlos rápidamente al lugar donde pertenecen.
    
[…]
    
Los herejes son más dañinos para sus vecinos que cualquier pirata o ladrón, ya que destruyen las almas e incluso los fundamentos de todo lo bueno y llenan la comunidad de disturbios, actos que necesariamente siguen a las diferencias de religión.
    
Además, su castigo beneficiará a muchos que, sin tal castigo, nada harían, sino que serían impulsados por el castigo a concluir la gravedad de la herejía que están siguiendo, y a considerar que tal vez puedan acabar su vida presente en la miseria y no alcanzar la bienaventuranza futura. Por ende también el bienaventurado San Agustín atestigua, en la epístola 48 [93, a Vicente rogatista], que muchas personas se convirtieron después de que las leyes imperiales prohibieran a los herejes quedar impunes, y vemos que esto sucede todos los días en lugares donde la Inquisición florece.
   
Finalmente, es beneficioso para los herejes obstinados ser eliminados de esta vida, porque cuanto más tiempo viven, más errores cometen, más personas corrompen y más condenación adquieren para sí mismos». (SAN ROBERTO BELARMINO, Sobre los laicos o personas seglares, cap. XXI).

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