lunes, 11 de diciembre de 2023

CUANDO JUAN PABLO BLASFEMÓ DE CRISTO Y SAN JUAN BAUTISTA

Traducción del artículo publicado en NOVUS ORDO WATCH. Textos bíblicos tomados de la versión de Mons. Félix Torres Amat.
   
EL DÍA QUE JUAN PABLO II BLASFEMÓ DE JESUCRISTO Y SAN JUAN BAUTISTA
La herejía y la herejía no empezaron con Francisco…
  
No es un santo: el “Papa” Juan Pablo II en una foto de archivo fechada a 8 de Diciembre de 2004

En estos días oímos mucho de la blasfemia y herejía cometida por Jorge Bergoglio, el hombre mejor conocido por su nombre artístico de “Papa Francisco”. Por esto, muchas almas de buena voluntad pero desatinadas recuerdan a los predecesores inmediatos de Francisco Benedicto XVI (2005-2013) y Juan Pablo II (1978-2005). La verdad es, sin embargo, que cuando se trata de herejía y blasfemia, Francisco simplemente está continuando una tradición iniciada por sus predecesores modernistas.

El 16 de Diciembre de 2016, acusamos a Francisco por atrozmente afirmar por segunda vez que San Juan Bautista, mientras estuvo apresado por Herodes por denunciar su delito de adulterio, dudó que Jesús de Nazaret fuera realmente el Mesías (en Marzo de este año -2018-, el admirador de Francisco Mark Shea afirmó el mismo sinsentido). Resulta que este error no es nuevo. Como uno de nuestros lectores nos señaló, la misma afirmación se ha hecho por el “Papa” Juan Pablo II (Obp. Karol Wojtyła) hace más de 30 años mientras visitaba una iglesia luterana en Roma, pero esa no fue la única declaración escandalosa que hizo en esa ocasión.
   
Estamos hablando de un evento que tuvo lugar el domingo 11 de Diciembre de 1983. Juan Pablo II estaba visitando la iglesia luterana de Cristo en Roma para un pequeño encuentro ecuménico cuando dio una reflexión de Adviento en la cual insultó tanto a Nuestro Santísimo Señor, como a su precursor San Juan Bautista. El texto de esta reflexión está disponible en el sitio web del Vaticano en italiano, alemán y portugués; una traducción inglesa fue impresa en la edición del 9 de Enero de 1984 del periódico vaticano L’Osservatore Romano (pág. 13).
   
    
El siguiente es el fragmento relevante de esta traducción inglesa del discurso que este “Papa canonizado” dio a su audiencia ecuménica:
«Durante este tiempo salvífico de Adviento, nuestros oídos y corazones están tensos; ellos y escuchan y perciben la buena nueva del que ha venido y regresará definitivamente. Frecuentemente experimentamos en nuestra vida diaria la angustiosa verdad de este período transitorio. ¿No recordamos continuamente la situación de Juan el Bautista? Como nos dice el Evangelio, él mismo se encontró en una situación decisiva. Tuvo que resolver la contradicción entre la imagen que había sido formada del Mesías y su situación personal, determinada por la prisión y la amenaza de la muerte. Por tanto, la pregunta de Juan era seria, y nació de una situación de emergencia: “¿Eres tú ‘El que ha de venir’ o debemos esperar por otro?” (Mt. 11, 3).
   
Jesús llega a entender la pregunta angustiada de su precursor y lleva su fe a certeza: ha llegado el tiempo de salvación, el reino de Dios. El Mesías está aquí. Sin duda los signos y maravillas no tienen una naturaleza compelente. Pero quien es capaz de entender los signos como una indicación del cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento en el momento actual puede regocijarse al ser un ciudadano del reino esjatológico de Dios» (Antipapa Juan Pablo II, Discurso durante el Encuentro ecuménico con la comunidad evangélica luterana en Roma, Vatican.va, 11 de Diciembre de 1983; traducción inglesa: Osservatore Romano).
En estos dos párrafos están contenidos por lo menos tres errores graves: (1) la afirmación que San Juan Bautista dudó que Jesús era verdaderamente el Mesías; (2) la afirmación implícita de que la Fe no es certeza; y (3) la afirmación de que los milagros realizados por Cristo no compelen en sí mismos.
   
Demos una mirada rápida a cada una de ellas con algo más de detalles.
   
(1) La afirmación que el Bautista dudó que Jesús era verdaderamente el Mesías
Precisamente cuán grave e indignante sea esta afirmación contra el Bautista puede no ser inmediatamente aparente a todos. Hemos explicado esta materia en detalle antes y no hay necesidad de repetir toda la argumentación y documentos aquí. Recomendamos una reseña de nuestro sustancioso artículo sobre este tema refutando a Mark Shea:
San Juan Bautista habría caído abismalmente en su misión profética, en su propia razón para ser elegido por Dios para ser el Bautista, si él mismo hubiera estado inseguro sobre lo que es estaba señalando a todos: «No era él la luz, sino enviado para dar testimonio de aquel que era la luz… “Yo le he visto; y por eso doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”» (Jn 1:8,34; cf. Mt 5:13).
   
Lo que Wojtyła propuso a su audiencia luterano-“católica” es absurdo y totalmente sin fundamento.
    
(2) La afirmación de que la Fe no es certeza
Aquí también Juan Pablo II parece anteceder a Francisco, quien constantemente arremete contra aquellas “certezas rígidas” a las cuales algunos de los suyos aparentemente aún se inclinan. Él quiere que todos dejen “lugar a la duda”, como blasfemamente señaló en una entrevista con la revista jesuita América. Casi paradójicamente, Bergoglio insiste que la duda es una parte esencial de la Fe “genuina”.
    
La verdadera doctrina Católica es totalmente lo contrario, y esto no es difícil de entender: La duda es incompatible con la Fe divina, ambas se excluyen mutuamente. El que duda no cree firmemente como debería lo que Dios ha revelado, y quien cree firmemente no duda: «se ha de conservar la fe, apartando no solamente toda duda, sino aún todo deseo de demostrar sus misterios», enseña el Catecismo del Concilio de Trento en su artículo I.
   
Porque la Fe divina viene con la certeza infalible, el Papa León X fue capaz de declarar:
«Y como quiera que lo verdadero en modo alguno puede estar en contradicción con lo verdadero, definimos como absolutamente falsa toda aserción contraria a la verdad de la fe iluminada; y con todo rigor prohibimos que sea lícito dogmatizar en otro sentido; y decretamos que todos los que se adhieren a los asertos de tal error, ya que se dedican a sembrar por todas partes las más reprobadas herejías, como detestables y abominables herejes o infieles que tratan de arruinar la fe, deben ser evitados y castigados» (V Concilio de Letrán, Bula “Apostólici Regíminis”, 9 de Noviembre de 1513; Denz. 738)
Por la misma razón, el Papa Pío IX enseñó que la Fe «libra a la razón de todos los errores y maravillosamente la ilustra, confirma y perfecciona con el conocimiento de las cosas divinas» (Encíclica “Qui Plúribus”, n.º 6, 9 de Diciembre de 1846; Denz. 1635).
    
Está fuera de toda duda que San Juan Bautista, el último de los profetas del Antiguo Testamento, tuvo:
«De él da testimonio Juan, y clama, diciendo: He aquí aquel de quien yo os decía: “El que ha de venir después de mí, ha sido preferido a mí; por cuanto era antes que yo”. […] Al día siguiente vio Juan a Jesús que venía a encontrarle, y dijo: “He aquí el cordero de Dios, ved aquí el que quita los pecados del mundo. Este es aquel de quien yo dije: ‘En pos de mí viene un varón, el cual ha sido preferido a mí; por cuanto era ya antes que yo’”» (Jn 1:15; 1:29-30,36).
Así está claro que el Antipapa Juan Pablo II ha blasfemado del Bautista, acusándolo injustamente de un pecado mortal contra la Fe en el mismo Salvador cuya Misión era testificarlo.
   
(3) la afirmación de que los milagros de Cristo no prueban nada.
Durante su discurso en la iglesia luterana de Roma, Wojtyła sostuvo audazmente: «Sin duda los signos y maravillas [de Cristo] no tienen una naturaleza compelente». Aquí también el pretendiente papal polaco se revela ser una versión beta de su sucesor argentino, porque Francisco también ha sido grabado afirmando que los milagros de Cristo no prueban Su Divinidad sino que requieren la Fe. Esta es una tesis modernista que implica la herejía del Fideísmo, como lo hemos demostrado aquí:
Desde el comienzo, los modernistas y sus precursores han tenido un problema con los milagros de Cristo y específicamente con Su Resurrección, la última y mayor prueba de Su divinidad. El Magisterio de la Iglesia Católica ha condenado de plano tales afrentas a la Fe y la razón:
  • «La prueba tomada de los milagros de Jesucristo, sensible e impresionante para los testigos oculares, no ha perdido su fuerza y su fulgor para las generaciones siguientes. Esta prueba la hallamos con toda certeza en la autenticidad del Nuevo Testamento, en la tradición oral y escrita de todos los cristianos. Por esta, doble tradición debemos demostrar la revelación a aquellos que la rechazan o que, sin admitirla todavía, la buscan» (Papa Gregorio XVI, “Tesis contra Louis Eugene Bautain”, error 3.º; Denz. 1624).
  • «Pero, ¡cuántos, cuán maravillosos, cuán espléndidos argumentos tenemos a mano, por los cuales la razón humana se ve sobradamente obligada a reconocer que la religión de Cristo es divina “y que todo principio de nuestros dogmas tomó su raíz de arriba, del Señor de los cielos” [San Juan Crisóstomo, Interpretación en la Profecía de Isaías, cap. I. (Migne, Patrología Græca 56, col. 14)]; y que por lo mismo nada hay más cierto que nuestra fe, nada más seguro, nada más santo y que se apoye en más firmes principios. Como es sabido, esta fe, maestra de la vida, indicadora de la salvación, expulsadora de todos los vicios y madre fecunda y nutridora de las virtudes, confirmada por el nacimiento, vida, muerte, resurrección, sabiduría, prodigios, profecías de su divino autor y consumador Jesucristo, brillando por doquier por la luz de la celeste doctrina y enriquecida por los tesoros de los dones celestes, clara e insigne sobre todo por las predicciones de tantos profetas, por el esplendor de tantos milagros, por la constancia de tantos mártires, por la gloria de tantos santos, llevando delante las saludables leyes de Cristo, y adquiriendo fuerzas cada día mayores por las mismas persecuciones, invadió con solo el estandarte de Cristo el orbe universo por tierra y mar, desde oriente a occidente y, desbaratada la falacia de los ídolos, alejada la niebla de los errores y triunfando de los enemigos de toda especie, ilustró con la lumbre del conocimiento divino a todos los pueblos, gentes y naciones, por bárbaros que fueran en su inhumanidad, por divididos que estuvieran por su índole, costumbres, leyes e instituciones, y sometiólos al suavísimo yugo del mismo Cristo, anunciando a todos la paz, anunciando los bienes (Isa. 52,7). Todos estos hechos brillan ciertamente por doquiera con tan grande fulgor de la sabiduría y del poder divino que cualquier mente y pensamiento puede con facilidad entender que la fe cristiana es obra de Dios.
        
    Así, pues, conociendo clara y patentemente por estos argumentos, a par luminosísimos y firmísimos, que Dios es el autor de la misma fe, la razón humana no puede ir más allá, sino que rechazada y alejada totalmente toda dificultad y duda, es menester que preste a la misma fe toda obediencia, como quiera que tiene por cierto que ha sido por Dios enseñado cuanto la fe misma propone a los hombres para creer y hacer» (Papa Pío IX, Encíclica “Qui plúribus, nn. 8-9; Denz. 1638-1639)
La negación de Juan Pablo II de la naturaleza compelente de los milagros de Cristo no solo es blasfemia, sino también herejía:
«Sin embargo, para que el obsequio de nuestra fe sea de acuerdo a la razón [cf. Rom. 12:1], quiso Dios que a la asistencia interna del Espíritu Santo estén unidas indicaciones externas de su revelación, esto es, hechos divinos y, ante todo, milagros y profecías, que, mostrando claramente la omnipotencia y conocimiento infinito de Dios, son signos ciertísimos de la revelación y son adecuados al entendimiento de todos. Por eso Moisés y los profetas, y especialmente el mismo Cristo Nuestro Señor, obraron muchos milagros absolutamente claros y pronunciaron profecías; y de los apóstoles leemos: “Salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban” [San Marcos 16:20]. Y nuevamente está escrito: “Tenemos una palabra profética más firme, a la cual hacéis bien en prestar atención, como a lámparas que iluminan en lugar oscuro” [2.ª Pedro 1:19].
   
   
[Canon 4.º] Si alguno dijere que las cosas finitas, corpóreas o espirituales, o por lo menos las espirituales, han emanado de la substancia divina; o que la esencia divina, por la manifestación y evolución de sí misma se transforma en todas las cosas; o, finalmente, que Dios es un ser universal e indefinido que, determinándose a sí mismo, establece la totalidad de las cosas, distinguidas en géneros, especies e individuos: sea anatema» (Concilio Vaticano I, Constitución dogmática “Dei Fílius”, Cap. 3; Denz. 1790, 1813)
En su Sýllabus contra los errores modernos, el Papa San Pío X condenó la siguiente proposición: «En el ejercicio de su ministerio, Jesús no hablaba con la finalidad de enseñar que Él era el Mesías, ni sus milagros iban encaminados a demostrarlo» (Decreto “Lamentábili sane éxitu, Error n.º 28; Denz. 2028). Si los milagros de Nuestro Señor, entonces, habían demostrado Su dignidad mesiánica como su propósito, entonces también objetivamente cumplieron ese propósito: «Así será de mi palabra una vez salida de Mi boca: no volverá a Mí vacía o sin fruto, sino que obrará todo aquello que yo quiero, y ejecutará felizmente aquellas cosas a que Yo la envié» (Is 55:11; cf. Jn 11:42).
     
Es precisamente porque los milagros de Cristo fueron de hecho compelentes y probaban que Él es verdaderamente el Hijo de Dios que los fariseos no tenían ninguna disculpa por rechazarlo. Nuestro Señor testificó el hecho de que Sus milagros prueban Su divinidad y por tanto demandan un acto de Fe en Él:
«Respondióles Jesús: Os lo estoy diciendo, y no lo creéis: las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas están dando testimonio de mí. Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Pero si las hago, cuando no queráis darme crédito a mí, dádselo a mis obras, a fin de que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre» (Jn 10:25,37-38).
Por esta razón los judíos —no menos ahora que en el tiempo de Cristo— tienen la obligación de aceptar al Mesías verdadero, pero están cegados por un velo en sus corazones:
«Teniendo pues tal esperanza, nosotros os hablamos con toda libertad; y no hacemos como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, por cuanto no podían los hijos de Israel fijar la vista en el resplandor de su cara, aunque no debía durar, profetizando con esto que no podrían sufrir la luz del Evangelio, representada por esta luz pasajera; y así sus corazones han quedado endurecidos. Porque hasta el día de hoy este mismo velo permanece delante de sus ojos en la lectura del antiguo Testamento, sin ser alzado (porque no se quita sino por la fe en Cristo, a quien no quieren recibir), y así hasta el día de hoy cuando se lee a Moisés, cubre un velo su corazón, el cual les impide ver a Jesucristo en lo que leen. Pero en convirtiéndose este pueblo al Señor, se quitará el velo» (2.ª Corintios 3:12-16).
En 2000, el periodista Peter Seewald condujo una de sus muchas entrevistas con el “cardenal” Joseph Ratzinger (el futuro “Papa” Benedicto XVI), entonces jefe de la vaticana Congregación para la Destrucción de la Fe. Durante la conversación, Ratzinger defendió descaradamente la ceguera judía, afirmando que el Antiguo Testamento podía legítimamente ser interpretado de tal manera que no señalase a Jesús de Nazaret como el Mesías:
«Como es natural, también se puede leer el Antiguo Testamento al margen de Cristo, el dedo que lo dirige a Cristo no es tan claro. Y si los judíos no pueden verlo consumado en él, no es sólo por malignidad, sino también por la oscuridad de las palabras y la relación de tensión entre la figura de Jesús y dichas palabras. Jesús les imprime un nuevo significado, y gracias a él todas adquieren un contexto, una dirección y un sentido 
  
Existen, por tanto, buenos motivos para negar el Antiguo Testamento y decir: “No, no es esto lo que él dijo”. Y también buenas razones para reivindicarlo -tal es la disputa existente entre judíos y cristianos-» (Joseph Ratzinger, Dios y el mundo: Una conversación con Peter Seewald, trad. española por Rosa Pilar Blanco [Barcelona: Debolsillo, 2005], pág. 197).
¡Qué asombrosa blasfemia! El mismo Cristo había reprochado a los fariseos por su obstinada incredulidad, por su rechazo a aceptar el testimonio de la Escritura con relación a Él: «Ni tenéis impresa Su palabra dentro de vosotros, pues no creéis a quien Él ha enviado. Registrad las Escrituras, puesto que creéis hallar en ellas la vida eterna: ellas son las que están dando testimonio de mí; y con todo no queréis venir a mí para alcanzar la vida» (Jn. 5:38-40). Nuestro Señor también Sus propios discípulos por ser lentos para entender a los profetas: «Entonces les dijo Él: “¡Oh necios y tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron ya los Profetas!”» (Luc. 24:25).
    
Y tanto en Ratzinger, como en Bergoglio, vemos una especie de fideísmo, una negación de que Cristo probó Su Divinidad y su Reinado Mesiánico con evidencia racional objetiva. Aparta eso y ¿qué queda sino la emoción y el capricho? Si hay «buenos motivos» para rechazar la afirmación de Jesús de Nazaret de que en Él se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento respecto al Mesías, entonces la evidencia no es objetivamente compelente y por tanto no pueden demandar la Fe. Y así vemos que el modernismo de Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco, y todos los demás falsos pastores conduce en últimas al ateísmo, exactamente como lo predijo el Papa San Pío X, quien en su encíclica contra el modernismo señaló que «estos errores… franquean la puerta al ateísmo» (Pascéndi Domínici gregis, n.º 14).
   
En 1910, San Pío X promulgó el famoso Juramento Antimodernista, el cual se requirió fuese tomado «por todos los clérigos, párrocos, confesores, predicadores, superiores religiosos, y profesores de seminarios de filosofía y teología». Aquellos que lo toman juran, entre otras cosas:
«…admito y reconozco los argumentos externos de la Revelación, es decir los hechos divinos, entre los cuales en primer lugar, los milagros y las profecías, como signos muy ciertos del origen divino de la religión cristiana. Y estos mismos argumentos, los tengo por perfectamente proporcionados a la inteligencia de todos los tiempos y de todos los hombres, incluso en el tiempo presente» (Papa San Pío X, Motu Proprio “Sacrórum Antístitum; Denz. 2145)
Ordenado sacerdote en 1946 y consagrado obispo en 1958, a Karol Wojtyła le fue requerido tomar este juramento.
    
Así concluimos que además de ser un hereje y blasfemo, el “magno” Juan Pablo II fue también un perjuro.

3 comentarios:

  1. Miles Christi, comparto este terrible hallazgo: los dehonianos ponen a la venta una "¡Biblia queer!"

    https://www.dehoniane.it/9788810978054-bibbia-queer

    Afirma la descripción que "los textos de académicos y pastores se basan en teorías feministas, queer, deconstruccionistas y utópicas, ciencias sociales y discursos histórico-críticos para ofrecer una lectura de las Escrituras como nunca antes."

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    1. León Dehon –Juan del Sagrado Corazón– SCJ, fundador de los dehonianos (oficialmente “Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús”; conocidos como “Reparadores” en España) y cuya causa de beatificación está detenida por el “gran pecado” de denunciar a los judíos y el Talmud, debe estar revolcándose en su tumba. Aunque viendo que los dehonianos le negaron una entrada a la Santísima Virgen María en su “Nuevo Diccionario Teológico Interdisciplinar”, y tienen en sus filas al obispón ultramodernista de Hildesheim (Alemania) Heiner Wilmer SCJ, que sonaba en 2022 para la Destrucción de la Fe (al final, nombraron a “Tucho” –cual de los dos fuese peor–) no se podía esperar otra cosa sino caer más bajo:
      • https://wwwmileschristi.blogspot.com/2020/11/maria-excluida-del-diccionario.html
      • https://wwwmileschristi.blogspot.com/2022/12/gallinero-cuidado-por-una-comadreja.html

      Unas pocas líneas sobre los autores de ese comentario PROTESTANTE:
      MONA WEST: Exbautista sureña, es pastora de la “Iglesia de la Comunidad Metropolitana”, una secta fundada por el expastor pentecostal Troy Deroy Perry Jr., que había sido expulasdo de su iglesia en 1964 por homosexual.
      ROBERT E. SHORE-GOSS: Expresbítero jesuita (“instalado” en 1976, salió en 1978), y después pastor de la “Iglesia de la Comunidad de Middleton” (perteneciente a la liberal Iglesia Unida de Cristo, de la cual es feligrés el expresidente estadounidense Barack Obama), actualmente miembro del Consiejo confesional para la justicia ambiental y la Conferencia de la Florida de dicha denominación.

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    2. Muchas gracias por el comentario; un apunte relacionado con el "obispo" Wilmer: no es que lo tengan entre sus filas sino que fue el Superior General de la congregación durante unos años, esto explica muchas cosas.

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